LA HERMANA

MONÓLOGO PARA ALICIA

 

 

 

LA HERMANA

Gladys Villamizar Montoya

Se encontraba en la fría soledad de su cuarto, acompañada de objetos inertes que parecían guardar un riguroso silencio en señal de respeto por el crucifijo colgado en la pared. Como de costumbre, sacó la foto que guardaba con celo bajo la almohada, y con una melancólica alegría volvió a contemplarla. La observó varios minutos con una sonrisa de verano, mientras su mente empezó a navegar por el recuerdo de las caricias que se habían donado mutuamente, bajo una luna llena y sensual que tras un árbol espiaba su hermoso juego de seducción.

Un tibio sudor se apoderó sutilmente de ella. Se quitó la pijama. Se tendió en la cama. Cerró los ojos y comenzó a dibujar en su cuerpo la silueta de aquel hombre; sus manos se deslizaban por el rostro, la boca, el cuello, con timidez  fue bajando,  maravillándose al recordar la ternura con la que él le había acariciado sus senos. Se agitó, vio como aumentaban de tamaño y se proyectaban con fuerza hacia el cielo mientras su piel se transformaba en llama ardiente y en medio de sus piernas el orificio húmedo reclamaba la pasión, sintiendo que el corazón le palpitaba justo allí.

Pronunció con demencia su nombre. Lo trajo hacia ella. Se extasió mirando su bella desnudez de hombre. Lo besó milímetro a milímetro, saboreó con su lengua aquella lluvia salada que exhalaba por cada poro, con sus diez dedos palpó su sexo erguido y el universo se le estremeció. Febril y sedienta bebió gota a gota de aquel manantial tibio, aguardando ansiosa y plena la invasión a su territorio virginal. En un concierto de acordes movimientos se fue rindiendo ante él, quien con ese singular ritmo de amante, y con caricias perfectas galopaba por cada senda de su  piel, deteniéndose en sus morenas colinas, para divisar desde allí el camino que lo conducía hasta su ardoroso bosque. Perdidos en la noche y con la fuerza de la juventud,  se pertenecieron una y otra vez,  erupcionando ese volcán de deseos reprimidos, despojándose  de sus miedos, contagiados de esa única e indefinible belleza que  sólo produce el amor,  transformándose  en fuego, mar,  arena y viento.

De repente, una voz del otro lado de la puerta la hizo regresar: ¡Sor Consuelo! ¡Sor Consuelo! Las niñas de la primera comunión ya están llegando, venga pronto por favor. Abrió los ojos,  volvió a colocar la foto debajo de la almohada,  no sin antes besarla, con un baño ligero refrescó el deseo,  se vistió deprisa,  miró el crucifijo, se persignó y una lágrima rodó por su mejilla,  mientras susurraba su tan sabido Salmo 51.