| |
LA HERMANA
●
MONÓLOGO PARA ALICIA |
|
MONÓLOGO PARA ALICIA
Leonel Fernando Villamizar
Los días de tu ausencia forman ya un rosario completo, nunca soliste ir tan lejos. Marco un compás de desespero con el talón, mientras sentado en el comedor apuro un café apenas tibio. Es abril. En estos días no ha tenido compasión el cielo con los barcos de papel que zarpan en tu busca; yo los tripulo calle abajo y salto justo antes del desastre, soy marinero de charcos obstinado.
La voz de una guitarra persigue tu aroma por toda la casa; en un acorde dulce de tres cuerdas descubre en mi cuerpo tu fragancia. Busco entonces la ventana, en el marco encuentro un día moribundo, la abro para morir con el. Una fría brisa se mete en mi pijama, aspiro profundo con la intención de tocarme el alma para saberla viva: está dormida, eso creo, profundamente dormida. Cierro la ventana. El día se apaga en la casa ¿Por qué no llegas? Por qué no intentamos un sueño donde encontrarnos para borrar en nosotros el concepto de madrugada.
Pasa el tiempo en el reloj de horas en contra vía, y soy feliz porque te encuentro entre la caña de azúcar de la molienda; das un salto, como las ranas de Goeldi; apareces en un concierto para violín, porque así recuerdas los grillos que se apareaban sobre las hojas, allí, donde te escondías a contar estrellas y esperabas que diera contigo; era un rito encontrarte en el cañaduzal buscando alguna estrella fugaz para pedir deseos. Platicabas tus cuentos con olor a tinta fresca. Cumplíamos rutinas: cuatro ojos jugando a ser uno; las manos jugando a ser miles; los besos, a mojar la noche. Por eso, miro éste reloj y no otro, en los otros no te encuentro eres incierta. Alicia, no sé si te has fundido con el tiempo o en un espacio que aun no inventamos, pero estoy cansado de buscarte en un tiempo lineal; pensé que en él podría encontrarte. Dejaste en la cama una partitura amarilla con música para grillos y me siento solo, balanceándome en las hojas de los naranjos.
Todos piensan que estás muerta, se atreven a decir: lo siento. Ellos no saben que vendrás. ¡Oigo! ¡Oigo tus pasos! corro a la puerta, me escondo tras ella, mi espalda toca la pared, espero que entres... tardas… no importa, muchas veces tus pasos llegan primero. Dicen que no volverás, no les creo; tú lo prometiste. ¿Cuánto tardarás? ¿Por qué son tan lentos tus pasos de regreso? Hay una copa de vino sobre tu libro favorito, hoy no ha querido reír conmigo. En qué constelación estarás ¡Ay, mi Alicia! Por qué no te dejas encontrar.
¡Alicia! ¡Alicia! repito tu nombre en voz alta para evitar que mi voz lo olvide, lo repito serenamente; lo acaricio, como a todo lo que habla con tu recuerdo, para tocarte constantemente. Jamás seremos uno, porque somos menos indivisibles que eso: la complejidad no es estar juntos, si no nunca separarnos. Eso implica: fundirte en las gotas de lluvia que caen, y al estrellarse estar en cada subgota, pero distinta, siendo la misma, como en el cuarto de los espejos. Alicia, mi vida a manera de diario te reclama para contarte entre besos mi día cotidiano.
Hay días, tú no sabes, te espío: días que caminas despacio; días que corres; días que eres extraña aunque no te des cuenta, como si fueras extranjera. También hay días, como éste, que quiero escribir en las hojas secas que caen de los árboles: ¡Alicia, cuanta falta me haces!
Vuelvo a la ventana, me siento la mosca que rebota contra el vidrio, entonces voy al espejo y veo la figura de un hombre cualquiera en un domingo de ramos. Ahora comprendo porqué te extraño tanto; ahora puedo entender porqué desde que te fuiste me niego a tu ausencia: es que tú soy yo reflejado en el espejo, proyectando tu sombra mientras mi faz la ilumina una luz mentirosa y la verdad está en mi sombra que eres tú o soy yo en la apariencia de mi faz y en la certeza proyectada en la pared o sobre el suelo.
Mía, mi Alicia, que pueril suele ser un posesivo para denominar deseo de poseer lo que no tengo; sintiéndolo tan propio, inherente a piel y fuerza motora de este cuerpo mío, o tuyo, que poseo para invadirlo de angustia, de llanto, de esperanza, y sentarlo en la puerta, conmigo dentro, para esperarte, así las horas se impacienten, pero que vendrás, lo sé; por eso rompo horarios, calendarios y a cada hora nueva le pongo una venda cuando pasan por tu y mi casa. Alicia ven pronto estoy agotando las vendas.
Puedo olerte más allá del olor a ruda de mis juegos infantiles; puedo tocarte, saltar sobre ti como a la verja cualquiera de mis lugares de niño; describir en el aire piruetas y reposar en un centímetro íntimo donde sólo tú sabes que entro y duermo; juegas a arrullarme hasta que quedo profundo, en un sueño de extraños laberintos, de corredores color... no sé, porque mis ojos cerrados ven por mis manos, y mis dedos fingen no conocer colores, entonces cierras dos puertas con llaves muy antiguas; correteas, cambias de tamaño, yo te alcanzo, ríes, y siento el vértigo mientras ruedo contigo por una catarata inmensa. Si estuvieras aquí este cuento no tendría final en tu mundo de maravillas.
Una mariposa se ha posado sobre una hoja de cerezo del jardín. Abro la ventana y grito: ¡Alicia! entra pronto hace frío. La tristeza me besa cuando el insecto emprende el vuelo, pensé que eras tú. Como tienes alas, te confundo toda la tarde con picaflores, copetones, golondrinas y palomas.
Sirvo una copa de vino, miro la tuya con nostalgia, miro la tuya... ¡no te he buscado allí! la bebo despacio, no permito que mis dientes rocen el vino, no quiero lastimarte; bebo hasta el final, observo bien la copa, puedes estar ebria y haberte quedado dormida en el fondo…tampoco estás. Por qué no regresas. Canta con voz de soprano la soledad.
Cae la tarde y tengo miedo; cae la tarde y tengo miedo que no regreses. Sin ti, las sombras son peligrosas y todo ruido sospechoso. Sí, es miedo, miedo a tu ausencia; miedo a que vuelvas y me encuentres muerto. Nadie puede negarte Alicia. Mi día transcurre aquí, y aquí estaré cuando regreses.
Por ultimo te contaré: un día, Alicia se perdió dentro de un cuento y aún no regresa. Ahora, me pondré el monóculo y contaré las horas en el reloj que marca las horas hacia atrás; entonces comienzo a buscarte nuevamente en los objetos, a tomar tus manos en cada uno de ellos, a tocarte entera entre las sábanas y espero de las paredes tu voz.
|
|